¿Qué diferencia hay entre la gestión activa y la pasiva?
La gestión pasiva consiste en mantener todo un mercado a través de un fondo indexado o un ETF y aceptar su rentabilidad, menos unos costes bajos. La gestión activa consiste en seleccionar inversiones —acciones concretas, sectores, el momento de las compras— con el objetivo de hacerlo mejor que el mercado. Gestionan de forma activa los gestores de fondos, y también los inversores particulares cuando eligen sus propias acciones.
La aritmética de la gestión activa
El economista William F. Sharpe señaló una identidad sencilla en 1991. Antes de costes, la rentabilidad del conjunto de los inversores es la del mercado. Se compone de lo que ganan los inversores pasivos y los activos, en proporción a sus pesos en el mercado:
Los inversores pasivos obtienen exactamente la rentabilidad del mercado, así que los activos, como grupo, tienen que obtenerla también, antes de costes. Después de costes, que son mayores en la gestión activa, el euro medio invertido de forma activa tiene por fuerza que hacerlo peor que el euro medio invertido de forma pasiva. Algunos inversores activos baten al mercado, pero solo a costa de otros que se quedan por detrás.
Un ejemplo sencillo
El mercado renta un 7% anual antes de costes. Un fondo pasivo cuesta un 0,2% al año; el fondo activo medio cuesta un 1,5%, incluida la operativa:
En 25 años, 10.000 € se convierten en unos 51.800 € en el fondo pasivo y en unos 38.100 € en el fondo activo medio.
Qué dice la evidencia
Las comparativas de largo recorrido, como los informes SPIVA, encuentran de forma sistemática que la mayoría de los fondos de renta variable de gestión activa se quedan por detrás de sus índices de referencia en plazos de diez años o más, y que haber batido al mercado en el pasado es un mal indicador de que se vaya a repetir. El patrón se mantiene en distintas regiones y clases de activo, con variaciones entre ellas.
Argumentos a favor de la gestión activa
- Algunos mercados son menos eficientes, como el de las compañías pequeñas o algunos mercados emergentes, donde la información es más escasa.
- Objetivos concretos —rentas, criterios de sostenibilidad, menor volatilidad— pueden justificar apartarse del índice.
- Interés y aprendizaje. A muchos inversores particulares les gusta seleccionar acciones y aceptan el coste probable.
Cómo combinar ambas
Un enfoque habitual es el núcleo-satélite: un núcleo pasivo grande y barato, por ejemplo un ETF mundial, con una parte activa más pequeña para ideas concretas. Mantiene el resultado de la cartera cerca del mercado y deja margen para decisiones activas; además, comparar los satélites con el núcleo muestra qué han aportado o costado realmente esas decisiones.
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